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La danza maravillosa que reflejaba esa fuente de agua adornaba la noche poco agradable de él. Otra vez los recuerdos, otra vez la melancolía. Otra vez, otra vez la misma sensación que el ayer le provocaba. Los efectos de un futuro que quiso construir, pero sólo quedaron en proyectos le derivaban en dolores de cabeza.
Ella está sentada a orillas del río. El sol ya se fue. La luna dice presente con gran fuerza, como la dueña absoluta del firmamento, al menos por unos cuantos minutos, ya que algunas nubes que cuidadosa y precavidamente logran ganarle la batalla y la tapan. En ese instante, Rosalinda deja caer una sonrisa triste. - ¿Existen las sonrisas tristes? –se preguntó y su corazón al recordarle la risa de él, una risa lejana en el tiempo, le respondió afirmativamente.
Los dos están lejos, no sólo en distancia, sino en relación, en miradas cómplices, en llantos solidarios. Están lejos de la música que los unía, de los planes, de los proyectos. Están lejos, muy lejos. Pero, los dos están unidos en el recuerdo y a kilómetros de distancia, paralelamente, una brisa les deja correr una lágrima a cada uno.
Nunca más se volvieron a ver. Él sigue pasando por aquella plaza de la fuente de agua, donde cierta noche ella le dio un beso. Ella sigue mirando la luna, que cómo aquella vez, fue la única testigo de aquella sincera demostración de amor.
Nunca más se volvieron a ver. Él fue papá y luego abuelo, ya que su hija Rosalinda le “ofrendo” tres nietos. Ella sigue mirando la luna, intentando justificar su joven equivocación.
------------------MARCOS JAVIER ----
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La planta, nuestra planta
Hace 4 días
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